Mito, mitología y mitocrítica desde el materialismo filosófico

Iniciado por Rorschach, 04 de Julio de 2026, 15:30:23

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Rorschach

Inicio este tema para tratar algunas cuestiones a propósito del enunciado titular. El motivo para decidirme a tratar este asunto es la aparición del escrito de Iván Durán Sánchez "Los mitos y su relación con los ejes del espacio antropológico" en la revista Metábasis. Este artículo se suma a otros tratamientos de la noción de mito, a mi parecer inadecuados, como puedan ser los de Luis Carlos Martín Jiménez o los de David Alvargonzález.

Empiezo por el artículo de Durán Sánchez. El artículo quiere seguir las doctrinas del materialismo filosófico sobre los mitos, sin embargo, a nuestro parecer, se aparta de ellas ampliamente. Las principales divergencias las paso a glosar brevemente:
  • Que los mitos luminosos tienen una parte no-luminosa (que es aquella que le da su condición de mito).
  • Que no sirve interpretar y reflexionar, pues esta actividad puede llevar a errores y falsas conclusiones.
  • Que la parte luminosa del mito (sic) es su parte racional, donde se encuentra la analogía entre el campo extraño y el campo ordinario.
Hay otros errores en su planteamiento que se salen de la cuestión del mito, que únicamente citaré:
Cita de: Los mitos y su relación con los ejes del espacio antropológico. Iván Durán Sánchez[...]Como método de estudio el espacio antropológico, puesto que en el espacio antropológico están contenidos los modelos (ejes) de relación entre el hombre (E) y el mundo (Mi), y en el mundo está contenida tanto la materia ontológico general (M), como la materia ontológico especial (M1, M2, M3). Como los campos extraños que se quieren explicar y los campos ordinarios mediante los cuales se realiza la analogía (para explicar el campo extraño) están contenidos dentro del mundo (Mi), se puede establecer una relación entre estos campos y los ejes del espacio antropológico. Por lo tanto, el método de estudio consistiría en relacionar y estudiar la parte tenebrosa o lo parte no-luminosa en base al eje correspondiente del espacio antropológico.

A todo este galimatías respondemos lo siguiente:
  • Los mitos no tienen dos partes, luminosa y oscura. El mito consiste formalmente en el proceso de reorganización analógica de un «campo extraño» (por respecto del «campo ordinario»), a partir de un modelo positivo o paradigma institucionalizado, definido en un campo propio —«campo ordinario». Materialmente, el mito consiste en un relato dado en un lenguaje de palabras. En la medida en que el relato se institucionalize al margen de la «reorganización mítica» del campo analógico exterior —que tiene lugar por la aplicación del modelo positivo institucional—, aparecerán tramos del relato desconectados de la analogía de partida —que se sostendrán para mantener la integridad del relato—.
  • El sentido del relato (mito material, que puede implicar un mito formal) no equivale en ningún caso a la llamada "parte luminosa" del mito.
  • No existe sentido del relato (ni del mito) al margen de la(s) interpretación(es) que puedan hacerse del mismo.
  • No hay que confundir cuando se habla de 'luminoso'/'tenebroso' referido al mito según si nos acerca a (algunas) verdades, de cuando se dice 'claro'/'oscuro' referido a que sus partes se distinguen o no.
Si hay interés, reinterpretaremos los tres mitos que analiza Durán Sánchez (el mito de Edipo Rey, el anillo de Giges, Cronos) desde las coordenadas que hemos representado en esta exposición.

Luis Carlos Martín Jiménez, por su parte, reduce los mitos a su condición de fantasías. Así aparece en la primera página de la Introducción de su libro "Filosofía de la Técnica y la Tecnología": Con mito se viene a decir que estamos tratando con una fantasía. Sin embargo, no se reducen a fantasías (en el sentido, por ejemplo, de la definición escolástica de fantasía, o de su evolución fantasmagórica).

Por último, David Alvargonzález en su libro "La filosofía de Gustavo Bueno. Comentarios críticos", dedica el capítulo sexto a La idea de analogía, las analogías de atribución y los mitos. Dice Alvargonzález:
Cita de: La filosofía de Gustavo Bueno. David AlvargonzálezEl mito es una representación ficticia de un campo real que, de algún modo, se distancia de ese contenido real representado estableciendo analogías de proporcionalidad. En los mitos, uno de los dominios es real (positivo) y el otro es ficticio. Debido a esta brecha ontológica, la asimetría en tales casos es inevitable.
Cita de: La filosofía de Gustavo Bueno. David Alvargonzález[...]Una breve consideración acerca de la clasificación de los mitos. [...] Cuando no se acepta la verdad literal de los mitos, estos son entendidos como alegorías que implican una o varias analogías de proporcionalidad, de modo que una de esas proporciones está dada en un ámbito ficticio y la otra descansa sobre ciertas regiones de la realidad. La estructura interna de estas analogías de proporción no permite una clasificación interna de los mitos que nos arroje luz sobre su relativo grado de verdad o de utilidad en el contexto de la discusión filosófica. No hay nada en la estructura de los mitos confusionarios que los diferencie de los mitos luminosos, ya que la semántica de cada mito es externa a esa estructura común de las analogías de proporcionalidad. Habrá que discutir en cada caso cuándo esas analogías de proporcionalidad son más o menos externas. Por consiguiente, la caracterización de un mito determinado como oscuro o luminoso, confusionario o esclarecedor, no es más que un etiquetado que habrá que justificar en cada caso y que tiene que ver directamente con el sistema filosófico que se tome como referencia.
Excede esta nota comentar los errores de Alvargonzález, sirva esta mención como recordatorio de la necesidad del derribo sistemático del libro de Alvargonzález.
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Turkarev

Hay un tema que no se ha tratado sobre el Mito y que Bueno recoge en alguna ocasión y es el mito como un desarrollo discursivo narrativo y la filosofía como disciplina dialéctica a partir de conceptos e Ideas. Esto es, el mito tendría que ver con exponer la relación entre los conceptos como fruto de relaciones antropomorfas narradas (Apolo, como Dios del sol representante de la lógica y el orden y Dionisio como dios del vino, del caos y lo irracional). Dionisio es hijo de Sémele, una mortal que se acuesta con Zeus y queda embarazada de Dionisio. La esposa de Zeus, Hera, la diosa del matrimonio, el orden conyugal y el orden familiar, se venga de Sémele que es calcinada. Zeus saca a Dionisio del vientre y lo consigue salvar. Cuando Dionisio se hace poderoso baja al Hades, engaña a su guardian y saca a su madre del infierno, la lleva al Olimpo y allí consigue que la Divinicen y se convierte en la Diosa de la Euforía y el frenesí. El mito de Dionisio se puede entender como la contradicción que la diversión y el caos introducen en el orden familiar pero con una ironía dialéctica: cuando el orden familiar intenta imponerse sobre el caos y la diversión, lo único que se consigue es aumentar el efecto porque lo que antes era humano (la madre de Dionisio) ahora se llega a divinizar. Es decir, Dionisio aumenta su poder no sólo haciéndose él más fuerte sino a su madre. Dicho en forma conceptual más gráfica: el orden familiar griego es inestable y está continuamente puesto a prueba por tendencias caóticas pero reprimirlas o intentar neutralizarlas sólo puede provocar que empeore.

El mito pues expone unas tesis que se podrían exponer de forma racional y conceptualizada (al margen de su verdad o falsedad, que esta es otra cuestión que habría que analizar en cada mito) pero que se exponen como relaciones entre personajes antropomorfos o egoiformes.

Ahora bien, puede verse que no hay dos dominios: uno real y otro ficticio. En principio, tan ficticio o reales son uno como otro en el sentido de que los dos están dados en un soporte material (M1), implican tramos subjetivos o subjetuales (M2) e implican conceptos (M3). De hecho, el mito no es irracional y la explicación conceptual lo racional. La explicación conceptual podría resultar precisamente irracional al exponerse en conceptos, cosa que no pasaría en la versión narrativa. El caso de que no pueda realizarse el círculo progressus-regressus desde la narración antropomorfa a la exposición conceptual pasaría esto mismo. La narración sería racional porque se mantiene en una problemática antropológica al igual que su narración que se difuminaría si se conceptualiza. Esta es una posibilidad.

El mito es más bien una "realidad" expuesta desde otra "realidad", esto es, una problemática expuesta a escala b-operatoria a otra a-operatoria y es aquí donde puede darse la mayor irracionalidad. Traducir la relaciones y conexiones entre los conceptos o Ideas a relaciones y conexiones antropoformas o b-operatorias corre el peligro de introducir deformaciones y es aquí donde la oscuridad puede reinar.

Como le criticas a Durán, no existe sentido del relato mítico sin interpretación y esto ya supone una paradoja: la importancia del mito es el tramo del mundo entorno que reorganiza a través de la narración mitológica y dicha reorganización ya supone conceptos. Luego aquel que escucha un mito, sabe ya la conceptualización (el griego que escuchaba hablar de Dionisio sabía muy bien que aquello se refería al caos y al desorden sin necesidad de ser filósofo académico ni desmitologizador). Por eso mismo, al igual que algunas parábolas, algunos mitos deben ser explicados (como hace Platón con el simil de la línea de conocimiento. Porque si no se explican y los conceptos aparecen ocultos al que escucha el mito, entonces el mito aparece ininteligible y ni siquiera es un mito sino pura cháchara sin sentido.



"Ubi autem abundavit delictum, superabundavit gratia" (Rm 5,20)
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bogosort

Cita de: Rorschach en 04 de Julio de 2026, 15:30:23Si hay interés, reinterpretaremos los tres mitos que analiza Durán Sánchez (el mito de Edipo Rey, el anillo de Giges, Cronos) desde las coordenadas que hemos representado en esta exposición.
Edipo Rey
La obra comienza en la ciudad de Tebas, azotada por una terrible peste. Los ciudadanos le piden ayuda a su rey, Edipo, quien previamente había salvado a la ciudad resolviendo el enigma de la Esfinge. Edipo envía a su cuñado, Creonte, a consultar el oráculo de Delfos. El oráculo revela que la plaga terminará cuando se descubra y castigue al asesino del rey anterior, Layo.
Edipo maldice al asesino y comienza una intensa investigación. Presionado por el coro, consulta al adivino ciego Tiresias, quien se niega a hablar. Ante la insistencia de Edipo, Tiresias revela que el propio Edipo es el asesino de Layo. Creyendo que es una trampa de Creonte para usurpar el trono, Edipo lo acusa de traición.
Para calmar los ánimos, la reina Yocasta le cuenta a Edipo que Layo fue asesinado en un cruce de tres caminos. Este detalle inquieta a Edipo, quien recuerda haber matado a un hombre en un cruce similar tras huir de Corinto, ciudad donde se crió y de la cual escapó al enterarse por un oráculo de que mataría a su padre y se casaría con su madre.
La verdad comienza a salir a la luz cuando llega un mensajero desde Corinto con la noticia de que Pólibo (padre adoptivo de Edipo) ha muerto de causas naturales. Este mismo mensajero revela a Edipo que él no es el hijo biológico de Pólibo y su esposa, sino que lo recibió de un pastor en las montañas. Finalmente, interrogan a ese pastor, quien resulta ser el único sobreviviente del ataque a Layo. Bajo amenazas, el pastor confiesa que, por compasión, no mató al bebé de Layo y Yocasta, sino que lo entregó al mensajero de Corinto.
Al atar todos los cabos, Edipo descubre que la profecía se ha cumplido en su totalidad: mató a su padre biológico (Layo) y se casó con su madre biológica (Yocasta). Al enterarse de la tragedia, Yocasta se suicida ahorcándose. Horrorizado y destrozado por el dolor, Edipo se arranca los ojos con los broches del vestido de Yocasta y pide ser desterrado de Tebas para siempre.
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Anillo de Giges
Giges era un humilde pastor al servicio del rey de Lidia. Tras un fuerte terremoto, se abrió una grieta en la tierra donde encontró un gran caballo de bronce hueco con un cadáver en su interior.
El cadáver llevaba únicamente un anillo de oro en el dedo, el cual Giges tomó antes de salir del abismo.
Durante la reunión mensual de pastores, Giges giró por accidente la sortija del anillo hacia el interior de su mano y notó que los demás hablaban de él como si no estuviera. Era invisible.
Al girar la sortija hacia afuera, volvía a ser visible. Confirmó así el poder mágico del anillo.
Aprovechando su invisibilidad, se hizo nombrar mensajero de la corte, se infiltró en el palacio, sedujo a la reina, asesinó al rey con la ayuda de ella y usurpó el trono de Lidia.
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Cronos
Urano (el Cielo) odiaba a sus hijos engendrados con Gea (la Tierra) y los mantenía prisioneros en las profundidades de su madre, impidiéndoles ver la luz.
Gea, sufriendo por el peso y el dolor, creó una hoz de acero e instó a sus hijos a rebelarse. Solo Cronos, el más joven y terrible de los Titanes, aceptó el desafío por el rencor que le profesaba a su padre.
Cuando Urano descendió por la noche para unirse con Gea, Cronos lo emboscó y le cortó los genitales con la hoz. Al arrojar los restos al mar, de la espuma nació la diosa Afrodita, y de las gotas de sangre surgieron los Gigantes y las Furias. Con este acto, liberó a sus hermanos y tomó el control del cosmos.
Una vez en el trono, Cronos se casó con su hermana, la titánide Rea. Sin embargo, sus padres (Gea y Urano) le advirtieron que estaba destinado a ser derrocado por uno de sus propios hijos.
Para burlar al destino, Cronos ideó un plan brutal: se tragaba a sus hijos vivos en cuanto nacían. De esta manera encarceló en su propio estómago a Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón.
Desesperada por el sufrimiento, Rea recurrió a Gea para salvar a su sexto hijo, Zeus. Dio a luz en secreto en la isla de Creta y, en lugar del bebé, le entregó a Cronos una piedra envuelta en pañales, la cual el Titán se tragó de inmediato sin sospechar la farsa.
Al alcanzar la madurez, Zeus regresó y obligó a Cronos (mediante una pócima proporcionada por la titánide Metis) a vomitar primero la piedra y luego a todos sus hermanos intactos.
 Esto desató la Titanomaquia, una feroz guerra cósmica de diez años entre los Titanes (liderados por Cronos) y los Olímpicos (liderados por Zeus). Zeus venció gracias a la ayuda de los Cíclopes y los Hecatónquiros, confinando a Cronos y a los Titanes rebeldes para siempre en el Tártaro.
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